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  • La valentía de reconocer el miedo para rendir mejor.

     

    Me quedo grabado desde muy pequeño, doce años aproximadamente, la firmeza en una charla técnica de nuestros entrenadores - previo a la final de una campeonato que estábamos disputando- cuando se referían al miedo para jugar. Ellos nos transmitían, hasta con cierto enojo, que no podíamos tener miedo, que eso era de cobardes. Tener miedo era para los débiles, que nunca ganaríamos nada en la vida si acturíamos con miedo. Es decir, que nosotros con apenas doce años, oíamos y obedecíamos la autoridad que nos conducía en ese momento, que por cierto queríamos y aprecíabamos mucho. Estos estimados entrenadores, nos estaban requiriendo algo que para nosotros en aquel momento era imposible de hacer o manejar, previo a una final, como negar u ocultar el miedo. Nos hemos criado, con una mala idea o falsa creencia de que el miedo es algo que nos hace menos hombres. En aquel contexto de los ochenta, nuestros referentes, no contaban con los avances científicos que hace un tiempo aportan las neurociencias, inteligencia emocional y el coaching, entre otras disciplinas.

    La mala prensa del miedo

    Una de las emociones con mala prensa es el miedo, además del enojo, ansiedad, vergüenza, etc. Las emociones cambian la forma en que vemos el mundo y cómo interpretamos las acciones de los demás. A decir del Dr. Norberto Levy, en su libro sabiduría de las emociones, el miedo es una valiosísima señal que indica una desproporción entre la amenaza a la que nos enfrentamos y los recursos con que contamos para resolverla. Sin embargo, nuestra confusión e ignorancia lo han convertido en una «emoción negativa» que debe ser eliminada. Otras formas del desconocimiento y la descalificación se expresan en las populares frases: «¡Hay que vencer el miedo!; ¡No seas cobarde, no tengas miedo!; ¡El miedo es signo de debilidad!; ¡Los hombres no tienen miedo!», etc. Al miedo se lo emparenta ignorantemente, en ocasiones, con cobardía. De ahí surgen los repetidos consejos: «¡No le des importancia a ese miedo!; ¡Olvídate del miedo...!; ¡El miedo es mal consejero!», etc. Tales recomendaciones se apoyan en la creencia de que el aspecto miedoso «nunca haría nada», que es así por natu- raleza y que no va a cambiar. Se trata de una creencia completamente errónea que hace mucho daño al aspecto temeroso. Por lo tanto, deja sus secuelas perturbadoras: podemos «hacer que no lo escuchamos», pero él sigue ahí, cada vez más descalificado y asustado porque le sucede lo peor que puede ocurrirle al aspecto miedoso: no ser escuchado.

    ¿ Que debemos aprender del miedo?

    Si utilizamos al miedo como socio o aliado, nos potenciará convincentemente en el rendimiento. Cuando nos enfrentamos a una situación, rendir un examen, presentar un informe, ejecutar una conversación compleja o jugar un partido de fútbol contra un rival duro; el hecho de reconocer nuestras fortalezas o recursos, como los aspectos en los cuales debemos mejorar, y asimismo evidenciarlo en nuestro oponente o situación, amplia las posibilidades de ser más efectivo y resolutivo. El miedo es la sensación de nerviosismo que se produce ante la percepción de una amenaza. Es importante aclarar que no existe algo que sea en sí mismo una amenaza. Siempre lo es para alguien, y depende de los recursos que ese alguien tenga para enfrentarla. La amenaza puede ser física o emocional. Pero es significativo aclarar que el miedo no es el problema. El miedo está indicando que existe un problema, lo cual es completamente distinto.

    Competencias y actitudes de rendimiento

    Las emociones son movimientos hacia afuera, tienen signos externos que la tornan reconocible, pero muchas de sus características distintivas se dan en el interior del cuerpo y luego se reflejan a nivel cognitivo, transformándose así en sentimientos. Las competencias o actitudes tienen que ver con características de la personalidad puestas de manifiesto en el ámbito laboral. Una de las actitudes más requeridas en nuestra actualidad – ámbito laboral y profesional-, que además se fomentan  por el ritmo de vida que llevamos, las exigencias que soportamosn;  está relacionadas con el manejo de la  “tolerancia a la presión”. Esta competencia significa que las personas deben continuar actuando eficazmente a pesar de las altas demandas, contextos y desafíos exigentes que se presentan. La misma, tiene relación directa, entre otras emociones, con la gestión funcional del miedo. Esto significa, que si logramos vincular la información que nos brinda la emoción miedo frente a los nuevos retos y requerimientos del contexto que se nos formule, seremos muy asertivos para poder continuar operando efectivamente. Lo primero que debemos realizar es trazar una línea divisoría entre la situación o desafío y nuestra persona; ante un nuevo reto u obligación exigente no está puesto en juego mí persona, la hombría de bien, quienes somos,  ni siquiera nuestra trayectoria. Esto significa separar el sujeto del rol que lleva a cabo. El sujeto es la persona, el rol se desarrolla para cumplir una actividad y tiene una base técnica. Nuestros miedos paralizadores de fondo se comienzan a menguar con hacernos conscientes de ello. Entonces pasamos de la emoción miedo al sentimiento miedo, en ese trayecto, intervino la corteza o lóbulos prefrontrales para moderar dicha emoción inicial. Para poder manejar y tolerar las presiones, nuestro principal socio debería ser el miedo. En este sentido, deberé analizar los niveles de amenazas y los recursos que poseo para hacerle frente. Una forma inteligente (consciente) de manejar el miedo es reconocer las propias fortalezas y limitaciones, aquí lo simple es contundente, muchas veces menos, termina siendo más. Es de personas inteligentes saber pedir ayuda o dejarse ayudar, los grandes estrategas que soportan altas presiones comparten sus miedos para calmar la fiera que llora por dentro. Es decir, hay que horizontalizar el miedo para compartirlo en equipo, lo cual no significa que seamos menos, al contrario los colaboradores se agrandan y se sienten importantes de poder ayudar a su líder. Otro aspecto importante es acordar el nivel de expectativas, dado que ante una nueva situación cometemos el error de poner las posibilidades muy altas, luego la realidad me indica una distancia y me frusto, dejándome para la próxima ocasión con un miedo paralizador. Es decir, ante una nueva presión o contexto, debemos armonizar la adrenalina de las nuevas expectativas con el nivel de preocupación que le pongo al asunto en cuestión. Para hacer operativo nuestras emociones en la vida cotidiana, retomando el manejo efectivo de la tolerancia a la presión será clave la gestión del miedo, administración de las prioridades, determinación de objetivos consistentes y coherentes con la propia realidad  y una adecuada gestión de los tiempos. En resumen para manejar efectivamente las presiones debemos aliarnos con el miedo, registrarlo, informarnos, no rechazarlo ni ocultarlo; para luego sumar las herramientas que nos da nuestro cerebro más consciente.

     

     

    Carlos Alberto Sosa

    www.sosayasociados.com

    Consultor de Empresas

    Contador Público Nacional. Mg. Administración de Empresas.

    Especialista en RRHH y Dirección de Negocios.

    Coach Ontológico. Neuroliderazgo.

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